Cambiando de ambiente
Mi dormitorio tenía vigas de madera en el techo, entonces para aprovechar ese detalle decidí cambiar de decoración. Había leído sobre las habitaciones rústicas, las fotografías que las revistas tenían me gustaron mucho, entonces opté por ese tipo de decoración. Primero debía comprar una cama de madera y los muebles. En la tienda mirando las camas me decidí por una como vi en la revista, tenía cortinas alrededor, era una cama dosel de madera de arce y con líneas simples que se dejaban ver en la madera. Este tipo de camas tienen un toque romántico. Los muebles que elegí tenían dibujos tallados y un aspecto tosco: una mesa de noche, un armario y una cómoda baja.El pedido me lo traerían en la noche así que aproveché en ir a comprar los tapices, cortina y enseres. La tapicería era de tejidos naturales de color arena, me decidí por el yute porque me gustó su textura. Las cortinas eran de lino, ideal para dejar pasar los rayos del sol. Cuando tuve todo me dirigía a mi casa.
Al poco rato llegaron los de la tienda traían los muebles, mi dormitorio estaba vacío ya me había encargado de sacar todo, ellos entraron armaron la cama y pusieron los otros muebles en el lugar que les indiqué. Teniendo los muebles en su lugar comencé a guardar mi ropa y otros objetos. Mi dormitorio se torno más cálido y acogedor, la madera le dio ese ambiente. Le di uso a mi cama cerré las cortinas, era como estar en un lugar de ensueño. De niña jugando con mi hermana y una prima le pusimos a nuestras literas sábanas alrededor y jugábamos a estar en un barco. “Si mi capitán…”, decíamos. En ese momento me imaginé con mi hermana y mi prima en nuestro barco de sábanas. Mi cama también me recordaba a una novela que mi madre veía, ambientada en los años de la colonia. Después de recordar tantos instantes divertidos de pequeña, dormí profundamente, la cama me envolvió con sus cortinas en un sueño profundo. Desperté gracias a los rayos de sol que dejaba pasar la cortina, no eran tan intensos recién amanecía. Me desperté muy relajada. Abrí las cortinas y contemplé por unos minutos la calle, gente yendo y viniendo en sus autos, y yo descalza sobre la alfombra de yute.
Ese día en la universidad les comenté a mis amigas sobre la adquisición de mi nuevo lugar para soñar, ellas querían ver mi nuevo dormitorio, pero no las invité quería gozar de ese ambiente más tiempo sin la interrupción de nadie más. Pasaron los días y las invité, mi madre me dijo que había exagerado mucho con el tema de la habitación. “Es una simple habitación”, me dijo. No concordaba con ella, si bien es cierto, había exagerado, no tenía nada que ver con que era una simple habitación. Esa noche mis amigas fueron a mi casa, tuvimos una “pijamada”. Luego me arrepentiría. Mis amigas llegaron y las cosas iban bien, conversamos y escuchamos música. Pero una de ellas sin darse cuenta derramó un vaso de chicha sobre la tapicería, me molesté mucho. Ese era uno de los motivos por los que no las había invitada, estaba tan enojada y que le grité, pero no tuve más remedio que dejarlas dormir en mi dormitorio. A la mañana siguiente busqué a mi madre para que arreglara el desastre. Ella mandó a llamar a una compañía encargada de la limpieza de alfombras. En un momento la tapicería estaba como nueva. Mi madre me pidió que me disculpara con mi amiga por mi comportamiento, yo ya lo iba hacer. En la escuela le pedí disculpas. Cuando regresé a mi casa, comiendo viendo televisión manché el sofá, mi madre sólo me miró y dijo “un accidente le pasa a cualquiera”, tenía razón yo había exagerado en la pijamada.
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