SUSTO EN LA CASA DE PLAYA DE MIJAS
Siempre es bueno tener una casa de playa. En mi caso, la tengo ubicada en Mijas, en
la Costa del Sol y acudo cual feligrés todos los veranos ya que allà encuentro la paz que me falta durante todo el resto del año. Es una manera de recargar baterÃas para los demás meses. Una vez que hemos llegado a Málaga, el camino resulta bastante corto y en menos de una hora ya se puede llegar a mi inmueble. Generalmente viajo con la familia aunque algunos miembros tengan que trabajar durante el verano. Esto no es impedimento para que el centro de operaciones del trabajo pueda trasladarse también. Afortunadamente en mi trabajo me permiten esta licencia durante el verano siempre y cuando entregue mis informes a tiempo vÃa Internet. En cuanto a mis hijos, bueno, ellos estudian y están de vacaciones por esas épocas, quizá nos resten dos o tres veranos más juntos, luego de lo cual ya estarán trabajando y esperemos que se puedan dar el tiempo para venir a Mijas aunque sea los fines de semana.
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           Como digo, los veranos aquà son muy placenteros, el calor no llega a ser sofocante y se pueden planear actividades al aire libre, siempre con una buena dosis de bloqueador solar pues el tema del desgaste de la capa de ozono es muy claro y no debemos desconcentrarnos en la protección que debemos darle a nuestra piel. Por lo demás, la playa es nuestra y podemos pasar gran parte del dÃa en el mar. Recuerdo que hace muchos me tocó vivir una anécdota sorpresiva y muy angustiante. Sucede que esta casa de Mijas es propiedad de mi familia desde hace varias décadas, razón por la cual yo viajaba con mis padres en cada verano, se puede decir que ahora estamos en la segunda generación y son mis hijos los que tomarán la posta de la tercera generación. El hecho es que lo que voy a narrar sucedió hace más e veinte años. En aquel tiempo la zona turÃstica de Costa del Sol no estaba tan desatada como ahora, si bien es cierto el tránsito de turistas y lugareños era fluido, aún se podÃa encontrar varias horas de playa desierta en los que se podÃa meditar sin desconcentraciones. Recuerdo que mi madre era una gran convencida de la propuesta de las religiones de oriente y realizaba esta práctica con regularidad. A eso de las siete de la mañana, ya estaba sentada a siete u ocho metros de la orilla en posición de meditación clásica del yoga, luego iba evolucionando hacia otras posturas, llegando a pararse de cabeza apoyada en sus antebrazos y manteniendo esta postura por largos minutos. Yo tenÃa una posición privilegiada, pues desde la ventana de mi habitación podÃa observar las casi dos horas que mi madre empleaba en su práctica del yoga. Esto lo hacÃa con la ayuda de un par de prismáticos que tenÃa.
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           En una de esas ocasiones, quise ver más de cerca la práctica de mi madre y bajé a la playa. Lentamente me dirigà hasta su posición y tratando de hacer el menor ruido posible me senté a diez metros de ella donde observé que en ningún momento abrió los ojos, sin duda estaba muy concentrada. Recuerdo que ese dÃa era el primer dÃa de la temporada de verano y aproveché para darme un chapuzón. TendrÃa unos diez años de edad en ese entonces, no habÃa nadie más en la playa. Me quité la ropa y, quedando solamente con el traje de baño, salà corriendo hacia el mar, las plantas de mis pies sintieron el contacto con la arena húmeda a los pocos segundos y en seguida el agua ya tocaba mis tobillos, era una sensación muy placentera. Luego, elevando las rodillas, empecé a adentrarme en busca de un buen remojón. Vaya que lo conseguirÃa. Calculé que podÃa dar unos veinte pasos más hasta que el agua me llegara al pecho y seguà trotando con confianza. De pronto, la tragedia se anunció. Sentà como si alguien hubiese retirado el piso donde estaba apoyado de improviso. El agua de repente me llegaba hasta el cuello y seguÃa hundiéndome. No se cómo pero me revolvà y logré rehacerme para dar media vuelta y nadar hacia la orilla en busca de tierra firme. Empecé a bracear por mi vida y llegué casi gateando a la orilla. No me eché como se suele hacer en estos casos, sino que seguà corriendo y me lancé sobre mi madre, quien se encontraba concentrada en su meditación y ni cuenta se habÃa dado de lo sucedido. Rodamos por los suelos y ella quedó tan confundida como yo. Cuando le conté lo que acababa de pasar casi se desmaya. Sucedió que la playa habÃa formado una inclinación natural en su orilla, una especie de fosa que era imposible ver a simple vista y en la que tuve la desgracia de caer repentinamente. Desde aquella vez, cada año, mido mis pasos al ingresar en el mar.
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